Contigo Celeste
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Pasar de la inclusión a la pertenencia

Juliana Moreno · 19 de octubre de 2026

A lo largo de la vida de Celeste me he encontrado con muchas situaciones que me han hecho replantear mi mirada sobre la discapacidad. Algunas me han conmovido, otras me han incomodado y muchas me han llevado a hacerme preguntas que aún sigo intentando responder. Una de ellas aparece cada vez que escucho hablar de inclusión, porque siempre termino preguntándome lo mismo: ¿por qué hablamos de incluir a alguien en un mundo que también le pertenece?

La palabra inclusión parte de una buena intención, pero a veces parece insinuar que hay personas afuera esperando que alguien les abra la puerta para entrar. La realidad es que las personas con discapacidad nunca han estado fuera; han estado siempre aquí, en las familias, en los colegios, en los parques, en los barrios y en las comunidades. Lo que ocurre es que muchas veces nosotros no hemos sabido cómo mirar su presencia con naturalidad.

Curiosamente, quienes mejor me han enseñado esto han sido los niños. Durante algunos años Celeste estudió en un colegio regular y allí pude observar algo que todavía hoy me conmueve: sus compañeros la veían simplemente como una niña más. En sus gestos no había lástima, había amistad. Cuando debían trabajar en grupo nunca faltaba quien quisiera estar con ella; la animaban a intentar cosas que le costaban trabajo y, cuando regresó al colegio después de varios días hospitalizada, la recibieron con aplausos y gritos de emoción. Cuando tuvo que asistir en silla de ruedas, fueron ellos quienes la empujaron por los corredores e inventaron juegos para que pudiera participar en los recreos.

No fue algo que ocurrió de la noche a la mañana, pues hubo un proceso de sensibilización y acompañamiento. Pero con el tiempo comprobamos algo muy valioso: la discapacidad puede verse con normalidad cuando aprendemos a convivir con ella desde la infancia. Ahí entendí que la inclusión no empieza en las instituciones; empieza en las conversaciones que tenemos en casa.

Recuerdo especialmente una situación que me dejó pensando durante mucho tiempo. Un día escuché a un padre felicitar a su hijo por jugar con Celeste. Aunque sé que sus palabras nacían de una buena intención, no pude evitar preguntarme: ¿también lo felicitaría por jugar con cualquier otro amigo?, ¿Qué tenía de extraordinario jugar con mi hija? Esa pregunta me llevó a una reflexión incómoda: muchas veces, sin darnos cuenta, seguimos viendo la discapacidad como algo excepcional, como algo que merece admiración, reconocimiento o gratitud cuando simplemente forma parte de la vida. Y debo admitir que yo misma he caído en eso; me he sorprendido agradeciendo gestos que, en el fondo, deberían ser normales, porque yo también he tenido que desaprender formas de mirar.

Quizás por eso hoy pienso que el verdadero desafío no es la inclusión, sino la normalización. Que una niña con discapacidad pueda asistir a un cumpleaños sin convertirse en el centro de atención; que pueda compartir una clase de arte, caminar por el barrio o sentarse en un restaurante sin despertar incomodidad o curiosidad excesiva; que pueda ser vista, antes que nada, como una persona. Porque un niño con discapacidad sigue siendo, ante todo, un niño: alguien que quiere jugar, reír, equivocarse, aburrirse, aprender y sentirse parte de algo sin tener que ganarse el derecho a pertenecer.

A veces lo noto cuando voy con Celeste por la calle: en las miradas que se detienen más de lo necesario y en la incomodidad de algunos adultos cuando sus hijos preguntan ¿Qué tiene esa niña?», «¿Por qué camina así?» o «¿Por qué habla así?». Es justamente ahí donde tenemos una oportunidad, no para evitar la conversación, sino para tenerla; para explicar que las diferencias existen, que las personas somos distintas y que hay muchas maneras de comunicarse, de aprender y de moverse por el mundo sin que ninguna nos haga más o menos valiosos.

Creo que los niños entienden esto mucho mejor de lo que imaginamos, tal vez porque todavía no han aprendido a clasificar a las personas o porque aún son capaces de mirar primero a la persona y después a la diferencia. Por eso, más que enseñarles inclusión, quizás lo que necesitamos es aprender de ellos: aprender a compartir la vida cotidiana sin convertir la discapacidad en una excepción, aprender a convivir sin admirar lo que debería ser normal y aprender a reconocer que nadie necesita ser incluido en un mundo que también le pertenece.